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Flor Zavala

DE ROSAS Y TORMENTAS

No Vives Sola, Vives Contigo

En febrero de 2015 ocurrieron dos sucesos importantes en mi vida: cumplí 24 años y por primera vez me mudé a un departamento de soltera. Sin embargo, antes de hacerlo, el hombre a quien llamaré “D.” se apareció un sábado en el que alguna vez fue nuestro departamento: iba a llevarse los últimos ejemplares de la biblioteca que juntos construimos.

Además de los libros, se llevó consigo la última posibilidad de un futuro juntos, de una vida en la que el “nosotros” sería posible y no sólo los retazos del “tú y yo” que el año anterior nos había dejado. Esa tarde lloré como nunca, pues yo misma lo ayudé a vaciar lo último del cuarto que ocupábamos como estudio, aquél en el que me desvelé estudiando para tantos exámenes en la universidad, el mismo sitio en el solíamos bailar “I won’t give up” de Jason Mraz.

D se fue, por supuesto. Además de ser mi compañero de apartamento, fue el amor de mi vida durante al menos unos 5 años. Cuántas historias hubieran narrado aquellas paredes llenas de humedad por el invierno. Como la del día en que llegamos a habitar el departamento, y no teníamos más que una cama y una caja de cartón que utilizamos como mesa durante algún tiempo.

En la despedida nos abrazamos y tuve que aceptar que era momento de seguir adelante y dejar las memorias atrás. Él y su cabello muy chino y rizado, sus pestañas largas y una barba que aún ahora lo caracteriza. Él se fue aquel invierno, es cierto… pero la primavera estaba a punto de entrar. Él se fue y yo me quedé, y además me quedé conmigo.

 

Una semana después me mudé a un nuevo departamento. Hice algunos muebles a mano, me llené de aserrín y pintura, mal instalé un intento de clóset y me enfrenté entonces a muchas primeras veces: ese nuevo departamento no tenía recuerdos, lo cual era casi un alivio. Compré por mi cuenta el resto de los utensilios y los muebles, y me enfrenté a la odisea de vivir sola.

 

 

Cierta mañana, en aquellos días de mudanza, me dije al espejo “Querida Flor, te presento a Flor”. Y sonreí, sin estar muy convencida por el gesto. Estaba llena de miedo en un principio que más bien parecía precipicio. Más de una vez pensé que la soledad acabaría conmigo (y algunos días juré que ella había ganado la batalla). Me enfrente a mí pero salí victoriosa de la una guerra en la que se gana al firmar la tregua.

En ese departamento de paredes azules y escasos muebles (nunca tuve una sala) supe por primera vez lo que significaba ir sola al súper mercado, elegir la fruta y mi cereal favorito. Incluso comencé a perdonarme y a disfrutar la ausencia del hombre que se había ido: pude elegir lo que yo deseaba sin necesidad de pensar en él.

 

 

En esa misma época también intenté cocinar las recetas de mi madre, sin mucho éxito, obviamente. Al final, solía comprar comida en las inmediaciones de la universidad. Era mi último año estudiando en la Facultad de Letras y el primero en el que trabajaba. Supe entonces el significado del verdadero cansancio al llegar a casa y lidiar con las labores que antes le habían correspondido al ausente: hacer limpieza, arreglar la arena del gato o un bóiler descompuesto.

Cuando llegó la primavera, falleció el gato que D. y yo adoptamos juntos. Él era mi segundo gran amor y entonces conocí la devastación. Me sentí por completo sola. Por fortuna, pronto llegó a mi vida una gatita que hasta hoy forma parte de mi día a día. Así es como ocurren los cambios, así fue como empecé a comprender que todos los seres van de paso en mi vida y el verdadero placer está en el milagro de haber coincidido.

En el transcurso de los meses siguientes mis amigos se convirtieron en una gran familia y fueron un sostén ante las adversidades que se presentaron. Pasé de sentir a la soledad como una enemiga, a convertirla en una gran aliada: los domingos por la mañana iba a desayunar en algún café, luego a un cine-club y por último regresaba a casa para leer y escribir un poco.

2015 fue un año muy especial. Hice las paces con todo lo que yo era, me llevé a comer sushi en restaurantes caros, tenía citas conmigo, compré un vestido con mi primer sueldo y en los restaurantes aprendí a pedir “Mesa para uno, por favor”. Y es que yo no vivía sola: vivía conmigo (y con dos preciosas gatitas).

D se fue, soltó mi mano y en cambio, yo tomé la mía. Durante aquel año me aprehendí, es decir, supe sujetarme fuerte a mí misma y a todo lo que yo sí era: viajé por mi cuenta, salí con personas a quienes no amé pero cuyo recuerdo guardo en mí; bebí de más con mis amigas, me uní a mi familia (visité a mis padres con mucha más frecuencia) y contemplé también las piezas dispersas que habían quedado de mi corazón roto. Tuve el acierto de armar con ellas una nueva mujer.

Durante esos meses sentí la presión por estar soltera. A mis 24, tenía amigas que ya estaban por casarse, algunas otras ya tenían hijos y alguna más se estaba comprometiendo con su novio de años. ¿Y yo? Yo comía chocokrispis los sábados por la mañana, acariciaba a mis gatos, leía a Milán Kundera y solía bailar en calzones para despertar de buen ánimo. Gustaba también de cantar en la ducha “Brillas” de León Larregui. Y es que de alguna manera, yo también brillaba.

 

 

Aquel año ocurrieron diversas mudanzas en mi vida y en noviembre, conocí al hombre con quien ahora (dos años después) estoy felizmente comprometida. Sin embargo, el amor no llegó a mí hasta que supe hacer las paces conmigo, hasta que comencé a aceptarme tal y como sí soy. Cuando comprendí que nada me faltaba y que todos los “sin ti” se habían convertido en un “conmigo”. Hice además las paces con los recuerdos y decoré mis cicatrices parar mirar hacia atrás sin dolor de por medio.

Al final de aquel año, al departamento de soltera -de paredes azules y escasas muebles- llegó un hombre con quien desperté una mañana de invierno: el amor apareció en forma de una pareja y entró además por la puerta grande.

Ahora miro en retrospectiva y me parece indispensable que toda mujer, en algún punto de su vida, viva sola y tenga la oportunidad de conocerse a sí misma, de responsabilizarse por cada una de sus acciones y convertirse en una persona libre e independiente. Y es que, al entender que no hay quién merezca migajas de cariño o de tiempo, podrá aceptar que está bien consigo misma, que la soledad no pesa. Entonces será momento de compartir esa felicidad con otra persona. No por obligación y sí por elección. Cuán diferente es eso.

Hoy te lo digo por si nadie lo ha hecho, por si tienes miedo o por si aún dudas en hacerlo: no vives sola, vives contigo. Vives una de las mejores etapas porque decidiste darte la oportunidad de luchar por tus metas. No es egoísmo, es amor propio. Que como a mí, la soledad también se convierta en tu gran aliada los domingos, en compañera los lunes en la mañana y en gran amiga los viernes por la noche. Que la soledad duerma a tu lado y seas tú quien la cobije a ella.

DE ROSAS Y TORMENTAS

Gente Herida

Existe la gente que es bisagra: aquélla ubicada en el resquicio de la puerta que permite abrir y cerrar, la que es puente que se cruza a veces sin pensarlo, la que es herida (o peor aún: la sal en ella) y la que es, ante todo, el pigmento de la tinta con la que se escribe. Gente que entra a tu vida y llega como catástrofe a cambiarlo todo, mientras el lugar que durante un tiempo habitaron juntos queda hecho jirones, pedazos que con el tiempo te ves obligado a recoger y pretendes volver a armar lo que sobrevivió de ti al final. Esa misma gente que un día así como llegó, se va… y a veces, hasta regresa.

Esa gente que es herida (fruto quizá de un amor salvaje), se convierte en el motor de propulsión de quien sin saberlo puede llegar a ser un gran escritor: quizá saque del closet al poeta que ya lo era y lo negaba, a la narradora que soñaba con tener una historia desde niña, al dramaturgo, al ensayista. Y es que si bien él/ella será la tinta, sirve de poco o nada si no halla la pluma que escriba.

Si eres mujer y me lees, tal vez sea él quien viene a tu mente cuando hablo de noches sin dormir, de palabras que encuentras entre las páginas de los libros que te recuerdan alguna frase no tan hecha que alguna vez te dijo a media voz y al oído. Es el hombre que se convirtió en el café frío de tus mañanas, en tus tormentas en vasos de agua, en la canción que repites una y otra vez (porque sí, gustas de torturarte). Él, al que quieres completo y con el alma… y quien te quiere a pedazos y de vez en cuando, si se le antoja, si se le da la gana. Quizá tú me leas y pienses en aquél amigo que sin darte cuenta se convirtió en amante, en aquél poeta del que cualquier mujer pudo haber sido su musa y tú además, te convertiste en la Safo que le escribe para hablar el mismo idioma, para compartir lenguajes y entretejer la lenguas desesperadas.

O tal vez seas tú (vos) el pibe, el chico, el hombre que recién llegó a este texto y le viene a la mente que lo único que ha leído hasta ahora son puras boludeces o lo que aquí en mi país llamaríamos tonterías y, sin embargo, piensas irremediablemente en aquélla mujer que se quedó tendida a tu lado izquierdo de la cama cuando les alcanzó el amanecer a las 6 de la mañana, ese amanecer inoportuno de las noches que no se olvidan.

Piensas en ella y en la forma graciosa en que al caminar tropezaba, en su risa peculiar, en la pulsera de plata que llevaba consigo a cualquier parte. La recuerdas sin más y trae dando saltos el helado de vainilla que a menudo compraba, porque a esa mujer complicada la hacían feliz las cosas sencillas: Cierta canción de Los Beatles (¡Y qué pésimo cantaba!), beber mate a media tarde, la cerveza fría, el cigarro del que te quejabas que algún día la mataría. Extrañas su impulsividad, esa manía suya por contar historias y hablar sin cesar, sus múltiples estados de ánimo que te parecían insoportables y el hecho de que fuera tan cambiante, que aunque eras consciente de con quién te acostabas… nunca lograbas saber quién despertaría a tu lado a la mañana siguiente. Y es que así era ella: una niña que jugaba a disfrazarse, que iba de paso por tu vida y a quien intentaste aferrarte al sentir que se te iba. Era ingenuo pretender cazar al ave que llegó justo en la estación migratoria.

La intuición quizá te lleve a pensar (y estarás en lo cierto) que las grandes lecciones en la vida vienen en pérdida y no en ganancia, llegan en plena derrota. Y es que la derrota sirve para levantarse, para aprender a tocar fondo y marcar un límite, un punto de partida. Si algún día miraste a los ojos a esa persona y sentiste desde las entrañas surgir un presentimiento de fatalidad, entonces, ya estabas advertido: te iba a romper y serías un roto, entre tantos otros más. Y si estás roto es porque amaste, nadie sale intacto al caminar por las brasas. Lo interesante de ello es que el cielo es de los rotos y de los descosidos… el infierno es de quienes por temor, jamás se atrevieron a romperse. Son precisamente ese tumulto de rotos y descosidos los que convierten el dolor en arte, los que pintan, bailan, cantan e inevitablemente escriben: Los que justan las piezas y conmueven a otros.

Bukowski sabe bien de las putas que entre el alcohol, la máquina de escribir y el dolor, le dieron sentido a su ser como escritor y estoy segura de que Olivero Girondo abogaría por esas malas mujeres que al pasar por su vida, le dieron poesía. Sabina seguro agradece el destrozo de la fémina a quien le costó olvidar 19 días y 500 noches. Borges se pondrá de pie ante la mujer que le duele en todo el cuerpo, mientras Cortázar lleva consigo a un Oliveira que sigue perdido en París buscando a La Maga. Alejandra Pizarnik llora el caos que representa el torbellino en el que se convierte cuando le da por querer sin previo aviso y Rosario Castellanos sufre las calamidades de la vida diaria por haber aceptado un matrimonio con un hombre que la trataba peor que a un mueble.

 

 

El amor entre escritores, es también un tema a tocar: Anais Nin y un Henry Miller a quien jamás olvidó; Elena Garro y Octavio Paz peleando a muerte y a muerte, amándose con tal admiración que aceptaron que dos talentos no cabían bajo el mismo techo y ni qué decir de Scott Fitzgerald y Zelda Seyre que agotaban el alcohol en los bares para escribir juntos hasta destruirse el uno al otro.

El dolor a veces es necesario para escribir, que no imprescindible, sí es una fuente de la que brota esa vida que le da sentido a una novela, a un poema, a una canción. Es un empujón y una lluvia que trae consigo ideas para desembocar en cierto bálsamo y es que a veces tus letras, sirven también para curar las heridas de un futuro lector.

Sin dolor, tal vez García Márquez jamás hubiera escrito El amor en tiempos del cólera, no habría Fermina Daza ni Florentino Ariza pero existe… y existe porque alguien supo canalizar el llanto y convertirlo en obra maestra, en arte que trasciende. Hay relaciones que no sirven para nada, entonces las convertimos en palabras, en ese río que fluye porque lo muerto se estanca y entonces y sólo entonces, sirven para algo: surge la literatura.

DE ROSAS Y TORMENTAS

Los Motivos De La Lluvia

Durante algún tiempo he postergado escribir sobre el tema, ¿por qué? Debería ser muy sencillo hacerlo. Es sólo hablar de mi primer libro, me digo, cuenta el proceso, me repito. Y sin embargo, aparece el temor de por medio para quien se atreve a desnudarse en público a través de las palabras.

Han pasado más de 4 meses desde que De poemínimos y aflorismos para tardes lluviosas vio la luz en un día de finales de enero, y desde entonces juntos hemos recorrido varias ciudades en distintas presentaciones. Ha sido una maravilla conocer de cerca a los lectores, ¿a cuántos más sería posible llegar?

 

Intento hacer memoria del origen de estos primeros vientos, intento buscar el cúmulo de emociones del proceso creativo y es que más que una lluvia, fue un torrencial y una hecatombe. Fue en sus inicios una catástrofe que derivó en la necesidad por contar una historia: la mía.

Aprendí a escribir a los 3 años. He dedicado la mayor parte de mis días a ello, mis proyectos giran en torno a las letras por vocación y profesión aunque debo confesar que hace apenas un par de años concebí la posibilidad de dedicarme a la escritura, ya que por mucho tiempo no consideré que tuviera el talento y el impulso para hacerlo. De todo lo que alguna vez he creído, aprender a creer en mí –sin duda- fue lo más complejo.

 

Este primer libro es acerca de los encuentros y las despedidas, de cómo la lluvia simboliza a una mujer en sus procesos: desde los primeros vientos hasta la última gota. No es un encuentro con un hombre o una tercera persona (aunque hay de por medio, por supuesto). Es acerca de cómo descubrí lo fundamental del amor propio y lo necesario de abrazar la soledad un domingo por la mañana mientras acariciaba a mi gato, bebía té y leía algún libro de Cortázar o Milán Kundera en mis días de universidad. No estaba sola, estaba conmigo y he ahí el erotismo del cuerpo de una mujer desnuda que lee en voz alta cuando ella es su única escucha.

Este libro es sumamente confesional. Es muy íntimo en su forma de ser breve y contundente, de estar construido por pequeños pasajes que más allá de contar mi historia, narran una distinta según quién lo lea y el momento de su vida en el que se halle. Es también acerca de la calma, de cómo la tormenta pasa de caer e inundar en toda su intensidad, hasta alcanzar el sosiego del olor a tierra mojada cuando la lluvia se ha ido.

Escribí a lo largo de cinco años sin saber que algún día tomaría la forma de un libro y habría de publicarse. Lo escribí para mí, para contarme cómo enfrenté el llanto, cómo las pérdidas fueron solo el principio de todo aquello que vendría después, lo esencial de soltar. Lo escribí para demostrarme que la lluvia también depura y se lleva lo que no hace falta, y después quise compartirlo con la gente. Le tengo fe a las palabras.

Como todas las primeras veces, diría que las páginas de esta lluvia están llenas de emotividad y de pequeños errores que a futuro será posible corregir. Es un proyecto autogestionado, lo cual significa que yo lo pagué de mi bolsillo y con mi trabajo (gracias también a la colaboración de las personas que creyeron en mí para lograrlo), ya que por distintas razones no quise recurrir a una editorial. Me involucré en cada parte del proceso: desde la portada, el diseño, las ilustraciones, la compaginación, hasta cada aspecto de gestión cultural de los eventos. Lleva literalmente mi sangre, horas de sueño y lágrimas puestas en él.

De vez en vez la gente me pregunta si ha valido la pena el esfuerzo y la respuesta siempre será un gran y rotundo SÍ. Para publicarlo, debí vencer mis temores a la crítica, knockear a los “no puedo”, “es muy caro”, “esto no es para mí”. El año anterior había pasado algunos meses en cama luego de un accidente automovilístico, la pérdida de una vida en mi vientre y el diagnóstico de una enfermedad autoinmune. Tenía todos los elementos y excusas posibles para tirar la toalla y quise hacerlo, claro. No obstante, supe que esto sería mayor que yo, que tenía algo más que hacer que el solo hecho de darme por vencida. No nací para mirar mis escombros y cenizas, nací para contemplar la belleza de reconstruir a mano la ciudad en ruinas que también he sido. Nací para cruzar mis puentes y dejar huella al atravesarlos.

Vivo para contarla y estos son los primeros vientos que atestiguan mi trabajo. El origen de la Tormenta se gestó un noviembre de hace 5 años. Ahora estoy aquí para dejarla en tus manos.

DE ROSAS Y TORMENTAS

Vas a Enamorarte

“Vas a enamorarte, y ya no se te va a quitar nunca.

 

Aunque pase el tiempo. Aunque madures.

 

Aunque todo termine.

 

Aunque ya no se llame igual.”- Karla Montero

 

 

 

Voy a volverme a enamorar. Y hablo entonces del amor por ciudades, de mis pasos recorriendo las calles del D.F., de mis recuerdos en Madrid o del sueño guajiro y ojalá no tan lejano de Barcelona y París. Hablo de los días soleados pero con frío,  de las tardes leyendo un libro cuando el monólogo interno se convierte en eterno diálogo con uno de mis autores favoritos, la catarsis que ocurre cuando el libro me lee.

 

Hablo de las charlas con mi abuelo mientras sopeo la galleta en el café –sin dos de azúcar, por supuesto- y soy impertinente y me río fuerte: también las apariencias se cansan de ser guardadas siempre. Quiero decir, me hacen feliz las palabras soeces, sorber los restos de sopa, hacer ruido con la pajilla, andar en calzones por la vida.

 

Hablo de mi madre cuando me acaricia el cabello y su entrañable habilidad para sanar desde una rodilla raspada hasta un corazón roto. Pienso sin remedio -como todo gran amor cuando se aproxima- en mis razones para abrir los ojos cada mañana (ninguna supera los diez años): Israel, María Fernanda y Reginviaje01a. Mis sobrinos. Mis amaneceres. Mi reír contigo y junto a ti, tres veces.

 

Volveré a enamorarme y ya no se me va a quitar nunca, claro está: ¿Cómo evitarlo si pienso en aquella fiesta de diciembre cuando me embriagué con 2 amigos? En el mezcal y las copas de más, en el vino, Karen Souza y el jazz. En los pasillos de la facultad, en la clase de las diez, los garabatos en la última página de una libreta con rayas, las nimiedades, los viajes de improviso y las carreteras en donde aprendí que el trayecto también es hogar.

 

Es el retorno a lo sencillo sin que por ello pierda su complejidad. Se trata de saber decirle “sí” al domingo, a los ratos a solas, al “mesa para uno, por favor”, a sonreírle de cerca y con dentadura perfecta a la felicidad. Se trata de asentirle al vestido floreado, a las faldas cortas, al poder de un lápiz labial, a Cat Stevens ,Los Beatles y a los Rolling Stones. A lo sano que resulta el hedonismo y a la sabiduría del ego en pequeñas dosis (cuando es sabiduría y no estupidez).

 

Voy a volverme a enamorar. No sé cuándo y no sé cómo y hablo también del amor propio pero te lo digo ya: Sí, voy a volverme a enamorar.

DE ROSAS Y TORMENTAS

Declaración de Autoestima

Qué bien me sienta la soledad.

 

Firmé la tregua ante la ausencia ajena

y mi presencia.

Bandera blanca ante la batalla

que jamás debió dar inicio.

Me deleito con lo que soy

sin por ello caer en lo excesivo.

Me gusto libre, eligiéndome,

apostado por mí.

 

Me gusto diciéndole sí al futuro,

sin tener con quién

y sin meterme el pie.

 

Qué bien me sienta la soledad

cuando me miro al espejo

y sé que todo el esfuerzo se refleja:

Tras las ojeras:

horas de menos, sueños de más.

El vientre abultado

porque he ganado algunos kilos

y perdí un par de complejos.

 

 

 

Qué bonita me sienta la soledad

cuando ceso de huir del miedo

y comprendo que estoy conmigo,

y no hay rienda suelta

a la ansiedad.

 

Es el viaje iniciático de mi boca a mi sexo.

Mis pechos pequeños.

Mis dedos jugando con las aureolas

de los pezones erectos.

 

He dibujado ventanas con vista al qué diré,

Borré el callejón sin salida del qué dirán

entre los vestigios de trazos

que no fueron.

Mi ser infiel pero jamás desleal,

vulnerable mas no vencida.

 

Y en mi declaración de autoestima diré

que no sé si en la mujer de tus sueños

pero

por lo pronto

me estoy convirtiendo en la mujer de los míos.