Existe la gente que es bisagra: aquélla ubicada en el resquicio de la puerta que permite abrir y cerrar, la que es puente que se cruza a veces sin pensarlo, la que es herida (o peor aún: la sal en ella) y la que es, ante todo, el pigmento de la tinta con la que se escribe. Gente que entra a tu vida y llega como catástrofe a cambiarlo todo, mientras el lugar que durante un tiempo habitaron juntos queda hecho jirones, pedazos que con el tiempo te ves obligado a recoger y pretendes volver a armar lo que sobrevivió de ti al final. Esa misma gente que un día así como llegó, se va… y a veces, hasta regresa.

Esa gente que es herida (fruto quizá de un amor salvaje), se convierte en el motor de propulsión de quien sin saberlo puede llegar a ser un gran escritor: quizá saque del closet al poeta que ya lo era y lo negaba, a la narradora que soñaba con tener una historia desde niña, al dramaturgo, al ensayista. Y es que si bien él/ella será la tinta, sirve de poco o nada si no halla la pluma que escriba.

Si eres mujer y me lees, tal vez sea él quien viene a tu mente cuando hablo de noches sin dormir, de palabras que encuentras entre las páginas de los libros que te recuerdan alguna frase no tan hecha que alguna vez te dijo a media voz y al oído. Es el hombre que se convirtió en el café frío de tus mañanas, en tus tormentas en vasos de agua, en la canción que repites una y otra vez (porque sí, gustas de torturarte). Él, al que quieres completo y con el alma… y quien te quiere a pedazos y de vez en cuando, si se le antoja, si se le da la gana. Quizá tú me leas y pienses en aquél amigo que sin darte cuenta se convirtió en amante, en aquél poeta del que cualquier mujer pudo haber sido su musa y tú además, te convertiste en la Safo que le escribe para hablar el mismo idioma, para compartir lenguajes y entretejer la lenguas desesperadas.

O tal vez seas tú (vos) el pibe, el chico, el hombre que recién llegó a este texto y le viene a la mente que lo único que ha leído hasta ahora son puras boludeces o lo que aquí en mi país llamaríamos tonterías y, sin embargo, piensas irremediablemente en aquélla mujer que se quedó tendida a tu lado izquierdo de la cama cuando les alcanzó el amanecer a las 6 de la mañana, ese amanecer inoportuno de las noches que no se olvidan.

Piensas en ella y en la forma graciosa en que al caminar tropezaba, en su risa peculiar, en la pulsera de plata que llevaba consigo a cualquier parte. La recuerdas sin más y trae dando saltos el helado de vainilla que a menudo compraba, porque a esa mujer complicada la hacían feliz las cosas sencillas: Cierta canción de Los Beatles (¡Y qué pésimo cantaba!), beber mate a media tarde, la cerveza fría, el cigarro del que te quejabas que algún día la mataría. Extrañas su impulsividad, esa manía suya por contar historias y hablar sin cesar, sus múltiples estados de ánimo que te parecían insoportables y el hecho de que fuera tan cambiante, que aunque eras consciente de con quién te acostabas… nunca lograbas saber quién despertaría a tu lado a la mañana siguiente. Y es que así era ella: una niña que jugaba a disfrazarse, que iba de paso por tu vida y a quien intentaste aferrarte al sentir que se te iba. Era ingenuo pretender cazar al ave que llegó justo en la estación migratoria.

La intuición quizá te lleve a pensar (y estarás en lo cierto) que las grandes lecciones en la vida vienen en pérdida y no en ganancia, llegan en plena derrota. Y es que la derrota sirve para levantarse, para aprender a tocar fondo y marcar un límite, un punto de partida. Si algún día miraste a los ojos a esa persona y sentiste desde las entrañas surgir un presentimiento de fatalidad, entonces, ya estabas advertido: te iba a romper y serías un roto, entre tantos otros más. Y si estás roto es porque amaste, nadie sale intacto al caminar por las brasas. Lo interesante de ello es que el cielo es de los rotos y de los descosidos… el infierno es de quienes por temor, jamás se atrevieron a romperse. Son precisamente ese tumulto de rotos y descosidos los que convierten el dolor en arte, los que pintan, bailan, cantan e inevitablemente escriben: Los que justan las piezas y conmueven a otros.

Bukowski sabe bien de las putas que entre el alcohol, la máquina de escribir y el dolor, le dieron sentido a su ser como escritor y estoy segura de que Olivero Girondo abogaría por esas malas mujeres que al pasar por su vida, le dieron poesía. Sabina seguro agradece el destrozo de la fémina a quien le costó olvidar 19 días y 500 noches. Borges se pondrá de pie ante la mujer que le duele en todo el cuerpo, mientras Cortázar lleva consigo a un Oliveira que sigue perdido en París buscando a La Maga. Alejandra Pizarnik llora el caos que representa el torbellino en el que se convierte cuando le da por querer sin previo aviso y Rosario Castellanos sufre las calamidades de la vida diaria por haber aceptado un matrimonio con un hombre que la trataba peor que a un mueble.

 

 

El amor entre escritores, es también un tema a tocar: Anais Nin y un Henry Miller a quien jamás olvidó; Elena Garro y Octavio Paz peleando a muerte y a muerte, amándose con tal admiración que aceptaron que dos talentos no cabían bajo el mismo techo y ni qué decir de Scott Fitzgerald y Zelda Seyre que agotaban el alcohol en los bares para escribir juntos hasta destruirse el uno al otro.

El dolor a veces es necesario para escribir, que no imprescindible, sí es una fuente de la que brota esa vida que le da sentido a una novela, a un poema, a una canción. Es un empujón y una lluvia que trae consigo ideas para desembocar en cierto bálsamo y es que a veces tus letras, sirven también para curar las heridas de un futuro lector.

Sin dolor, tal vez García Márquez jamás hubiera escrito El amor en tiempos del cólera, no habría Fermina Daza ni Florentino Ariza pero existe… y existe porque alguien supo canalizar el llanto y convertirlo en obra maestra, en arte que trasciende. Hay relaciones que no sirven para nada, entonces las convertimos en palabras, en ese río que fluye porque lo muerto se estanca y entonces y sólo entonces, sirven para algo: surge la literatura.

Sobre El Autor

Flor Zavala tiene 26 años. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y el Diplomado en Creación Literaria por parte del INBA y CONACULTA. Durante los últimos años se ha enfocado en los talleres de escritura creativa y creación literaria para jóvenes y adultos, así como en el proyecto Palabritas: taller de escritura y fomento a la lectura para niños. Se ha desempeñado también como gestora cultural, promotora de lectura, correctora de lectura y conferencista en ciernes. Actualmente estudia el arte como forma de terapia y se encuentra en la gira publicitaria de su primer libro: De poemínimos y aflorismos para tardes lluviosas.

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