DE ROSAS Y TORMENTAS

Restarle Sal A Las Heridas: El Principio De Sanar

“Uno comienza

a ser

el día que decide

arrancarse

todas las costras

de lo que quiso ser.

Y sangra.”

Alejandro Salse

 

Cuán difícil ha sido para mí adentrarme en este tema. No puedo evitar sentirme como una niña que por vez primera moja la punta de sus pies en la inmensidad del mar. Y ante ella el asombro, la fascinación y el espanto se mezclan por partes iguales. No es posible evadir las emociones y cuestionarme si acaso seré yo la persona adecuada para escribir acerca de un proceso que estoy lejos de concluir.

Hablemos entonces de sanar, de la travesía que conlleva ir a la herida, quitar la costra y descubrir la raíz del problema. Hablemos de lo necesario que es aceptar lo que pasa cuando la tristeza hace de las suyas, para luego ir a la causa y hacerle frente a la herida primogénita, a aquélla que es epicentro de cualquier terremoto interno.

Siempre he tenido la firme certeza de lo mucho que hiere la luz en quien se ha habituado a una perpetua oscuridad y prefiere quedarse en ella (¿acaso porque es cómodo?) con tal de no abrir los ojos y ver de frente lo que ocurre. Algo similar sucede en el proceso de sanación emocional, pues de una vez que se ha tocado fondo, no basta solamente con el intento de escalar hasta la superficie, no. Lo ideal sería descubrir qué hay en ese sitio del que no se vuelve con facilidad, qué fue lo que te llevó hasta ahí, cuál es la primera herida que se originó en tu alma, que desgarró tus vísceras, que cavó hondo en tu pecho, que te caló hasta los huesos.

Y de una vez que lo sabes y comprendes de dónde proviene el dolor, entonces y sólo entonces es posible encontrar la forma de comenzar el largo –pero no menos necesario- proceso de sanar. En mi caso, he descubierto que no soy más que una pequeña niña con una herida de abandono que tal vez no habrá de cicatrizar. Por supuesto, mientras crecía hubo otras personas que me abandonaron (o a quienes yo dejé sin admitirlo) y su dedo en la llaga no fue de gran ayuda. Aprendí a decorar esa herida, a pintar caritas felices con crayones inexistentes para darle una mejor vista.

Antes de cumplir los 14 años comencé mi desfile de lo que llamaré mi odisea por reparar el daño propio para no causar estragos ajenos. A esa temprana descubrí que tenía heridas y que nadie más que yo era responsable de zurcirlas, no quería lastimar a otros al sanar.

En la adolescencia lidié con los problemas comunes y acordes a la edad aunque no por ello más fáciles de sobrellevar: problemas de alimentación (anorexia), el bullying por estar pasada de peso, el hecho de ser muy introvertida y parte de una familia no muy funcional. Entonces, sin saberlo, la melancolía se hizo presente en mi temperamento y caí en una depresión moderada que habría de predominar en mí durante los siguientes años.

Sin embargo, en esa misma época encontré un verdadero refugio en las palabras (aunque ya era un lugar constante al que acudía desde niña). Las letras y los libros se convirtieron en un ancla que me permitía continuar a la deriva a sabiendas de que no estaba del todo perdida.

En esos años, como dije antes, comenzó el peregrinaje fallido por psicólogos y terapeutas aunque no fue hasta la primera adultez (durante mis años de universidad) cuando presenté un verdadero cuadro depresivo que me llevó a perder cerca de 10 kilos, la titulación automática de la licenciatura, una relación de años y el amor propio.

No faltó quién me dijera que todo se me iba a pasar con el tiempo, como si el tiempo lo curara todo, como si el tiempo tuviera el súper poder para solucionar cualquier cuestión de cualquier tipo en la vida. Pobre Señor Tiempo, le dejamos el recuento de heridas por sanar y él qué culpa, como si fuera omnipotente, como si las heridas de amor –de cualquier tipo de amor- no fueran a sanar única y exclusivamente con más amor.

Cuando finalmente admití lo que ocurría y pude verme desnuda y expuesta frente a un espejo y con las heridas abiertas, comenzó mi proceso de sanación. Tenía 23 años y la vida un tanto deshecha, había regresado a casa de mis padres a zurcirme con hilo y aguja y fue necesario hacerle frente a un concepto: no es lo mismo curación que sanación.

La gente con frecuencia utiliza como sinónimos las palabras “curarse” y “sanar” pero no lo son. Los síntomas de una persona con cáncer pueden mejorar e irse de tal forma que un médico dirá que está “curada” o que su cáncer entro en remisión y que de momento no se presenta una sintomatología aunque eso no quiera decir que esté sana: el cáncer sigue ahí, es sólo que de momento ha decidido ocultarse y no dar molestias notables.

Comparando la depresión con un cáncer mental podría jurar que ocurre lo mismo, pues aunque hay épocas en que parece que todo va mejor y que la persona está curada, no por ello significa que ha sanado. La enfermedad entra en remisión pues por lo general, sanar no es un proceso de una sola época o de un solo período, es un proceso que lleva la vida entera. Estás sanando. El verbo se conjuga como un gerundio porque sostengo la idea de que nacemos heridos y la vida se convierte así en una escuela en la que venimos a encontrar bálsamos y no anestésicos (como el sexo, las drogas, las compras o las relaciones superficiales) para aquello que aún duele. Spoiler: la vida entera se trata de sanar.

El día en que te mires desnuda frente a ese espejo y con las heridas abiertas, habrás dado ya un gran primer paso. Tus miedos, tus culpas e inseguridades, tu temor a dejar ir y demás se presentarán uno a uno y será necesario que les hagas frente con la sonrisa puesta y la voluntad necesaria no para la guerra y sí para la tregua: aprende a abrazar todo lo que te daña, aprende a acunar tus miedos. Piensa en la niña que fuiste y en cuánto necesita un abrazo de la mujer que hoy eres. Piensa sobre y ante todo en el por qué y el para qué deseas sanar, prometo que el cómo vendrá por añadidura porque tu camino dista de ser igual al de los demás.

Quizá llegado este punto de la lectura vas a preguntarte lo mismo que yo durante años y luego de buscar cientos de artículos y libros por internet: ¿CÓMO? ¿Cómo hago para sanar? ¿Cómo lograr que duela menos? ¿Cómo ponerle una curita a las heridas del alma?

Mentiría si dijera que es sencillo pero ya has dado inicio al admitir que algo pasa y que deseas solucionarlo. Pedir ayuda a un profesional podría ser el paso siguiente y va a requerir aún más valor pedirle ayuda a la gente a quien amas y en quien confías, contarle que necesitas de ella, de sus cuidados y su amor. Habrás de necesitar que te ayuden a encontrarte a ti misma.

Aquí te verás de frente a una encrucijada quizá o a un camino que se bifurca pero será decisión tuya cuál sendero elegirás. Te contaré del mío para darte un ejemplo: Fui diagnosticada con ansiedad, Trastorno Límite de Personalidad y Trastorno Bipolar no Identificado (lo cual en realidad no significa nada, excepto que tengo un chingo de cosas por sanar).

Decidí ser amable conmigo pero sin por ello tenerme lástima. ¿Qué es lo que me ha funcionado? Pedir ayuda. Hablar de lo que pasa con amigos y familiares dispuestos a escuchar, reír con ellos, llorar en sus hombros, aceptar sus manos que me sostienen cuando caigo; sirve también acudir a terapia psicológica, en mi caso ha sido necesario el medicamento psiquiátrico y tomarlo de manera responsable. Y hay algunas otras cosas que me han funcionado pero lo dejo al albedrío y al juicio de cada mujer, pues narro esto desde mi trinchera: la meditación diaria, las afirmaciones y visualizaciones, la aromaterapia y Flores de Bach, constelaciones familiares, Reiki y la práctica de yoga han marcado la diferencia en mi estabilidad emocional. ¿Se lee como excesivo? Pues bien, he dicho ya que es mucho lo que debo sanar y gracias al conjunto de las diversas terapias y las medicinas puedo llevar una vida funcional aunque no siempre productiva a nivel laboral, si soy honesta conmigo misma. He aceptado que mi proceso es distinto porque mis heridas no son las mismas y no es justo para conmigo ir por ahí comparándolas con las del resto de personas.

Ayer por la noche, el hombre con quien vivo el amor y los días me susurró una frase que comparto con cualquier mujer que la necesite “Me desintoxico de lo que pudo ser, del veneno del hubiera para sanar con el ‘fue un placer cada momento’ y sólo entonces continuar mi sendero”. Para sanar, necesitas también dejar ir todo lo que duele para darle el paso a todo lo que vienes. Abraza a tu yo pequeña y a tu presente, déjate querer, quiérete a ti misma como si fueras lo más importante en tu vida porque sí que lo eres.

Para concluir, me gustaría hacerlo con un texto de la poeta hindú Rupi Kaur:

“resiste con fuerza tu dolor

planta flores en él

me has ayudado a que

crezcan flores en mí así que

florece con belleza

con peligro

con fuerza

florece con suavidad

aunque lo que necesites

sea sólo florecer”

No esperes a que un hombre llegue hasta ti a dejarte flores cuando en tus manos está plantar un jardín entero en el que florezcas en todo esplendor. En tu voluntad está, en tu firmeza y tenacidad. Pero florece, por favor florece, ten paciencia contigo y recuerda siempre: Eres de quien te ha herido, es cierto. Sin embargo, perteneces a quien te ha ayudado a sanar.

Yo pertenezco a las palabras, por ejemplo.

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8 Comment

  1. Pablo
    14 mayo, 2017 at 9:13 am

    Hola Flor

    Mi nombre es Pablo. Ver tanta similitud de los temas abordados me llamó mucho mi atención. Desde las heridas que nos marcan, hasta flores de Bach, desde los adjetivos usados para describir tu estado que parece estable y constante pero me lo imagino en mi piel y veo una montaña rusa, hasta ese refugio que mencionas del que pensé que no podía ser refugio.

    La intención es solo aplaudir tus bonitas ideas. ¡Te deseo un camino que te vaya llenando!

    Continúa escribiendo! Lo haces muy bien

    1. Flor Zavala
      18 mayo, 2017 at 12:44 pm

      Te agradezco mucho por tu comentario, Pablo. Escribir es también una forma de sanar para mí, siempre lo ha sido. Cada persona va encontrando su camino y se dirige a él de manera distinta, de eso también se trata respetar el proceso propio y el ajeno.
      Un gran abrazo.

  2. María
    17 mayo, 2017 at 4:17 pm

    No tan mal para este tipo de página web, pero se extiende demasiado y a menos de medio texto aburre con su tema. La vanidad de esta chica realmente hace que sea difícil creer su texto, he leído y visto sus comentarios, en otros medios y considero que debería crear cosas realmente interesantes que hablar de su yo, yo,yo. Textos como estos hay muchos y mil veces mejores.

    1. Flor Zavala
      18 mayo, 2017 at 12:47 pm

      Te agradezco mucho el tiempo que invertiste en leer, María. Aprecio también tu comentario. No sé en cuáles “otros medios” hayas leído textos míos, ya que únicamente colaboro con Formato 7 y Mundo rosa.
      Por otro lado, la intención de la columna es hablar de experiencias muy personales que decidí compartir con un público femenino (es al que la página está dirigida).

  3. Gabriela
    20 mayo, 2017 at 7:28 pm

    Es increíble que sepas cuál fue la herida inicial, yo aún no se cuando, ni cómo , te felicito, siempre que leo tus textos es como si ardiera algo en mi, eres genial…

    1. Flor Zavala
      30 mayo, 2017 at 12:56 pm

      Muchas gracias, Gabriela. Creo que ha sido siempre un trabajo de introspección. Cuando vas al origen y comprendes el qué, es mucho más sencillo encontrar el cómo (en este caso en específico, es cómo ir sanando).
      Un gran abrazo.

  4. Pahulina
    24 mayo, 2017 at 2:50 pm

    Hola Flor
    Es la primera vez que te leo, me senti identificada en muchas situaciones, es bueno saber que en el mundo hay caminando personas como tu. Gracias por compartir tu interior.

    1. Flor Zavala
      30 mayo, 2017 at 12:58 pm

      Gracias por leer, Pahu. Escribir para mí es cuestión de gusto, de disciplina y vocación; también, por supuesto, se trata de compartir. El arte permite sentirnos acompañados a cada paso.

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