Como esas amigas que te sostienen el cabello cuando resulta que vomitas un viejo amor vencido. Como aquéllas otras cuya estancia en tu vida fue tan corta que dura todavía. Como esas pocas que decidieron quedarse incluso a pesar de ti.


Como aquéllas que vienen y van cual oleaje desteñido del primer mar de tu infancia. Como esas chicas con las que creciste desde niña, hasta ahora que ya no lo son tanto pero por voluntad propia deciden serlo a ratos.

¿Cómo olvidar a la pequeña con quien compartías los secretos y los juegos en el Jardín de niños? ¿Cómo olvidar a esa otra con quien te pintabas las uñas a los 9 años? ¿Cómo dejar atrás a la que luchó hombro a hombro a tu lado cuando el bullying y la preparatoria se hicieron presentes? Ni hablar de esa chica a quien le confesaste que por vez primera te habías enamorado o a esa otra que a los 19 te contó apenada de un embarazo. Esas mujeres. Esas mujeres que nos marcan por completo, esas mujeres que se proclaman siempre a favor nuestro.

Creo profundamente en la amistad entre mujeres y en los años de terapia que ahorra el sencillo hecho de saberte reír a carcajadas con la gente que te ama. No hay mejor antidepresivo que las charlas y la complicidad compartida. Saber que alguien está para ti de forma incondicional y se encuentra a sólo un mensaje o una llamada de distancia. Saber que alguien te quiere de tal forma que jamás necesitas disculparte por ser quién eres y cómo eres e incluso te lleva a enorgullecerte por la mujer que te has convertido en tu presente.

Hoy lo sostengo más que nunca: no hay mejor ansiolítico que el silencio de las personas que saben guardar respeto cuando el llanto vence. Cuántas historias se escriben entre las mujeres que han sabido sostenerse la una a la otra. Desde guardar el equilibrio en un bar cuando te fuiste de fiesta y el alcohol en las venas hizo de las suyas, hasta tomar tu mano por una mala noticia que llega como ráfaga sin previo aviso: cuando alguien parte, cuando hay un divorcio de por medio, cuando pierdes algo o te pierdes a ti misma, ahí es cuando suelen estar tus amigas. Ahí es cuando intervienen esas redes de seguridad porque resulta que siempre has sido una persona de vuelos altos y grandes caídas y ellas, por supuesto, aún son tus alas… aún son el “Si te rompes la madre –porque te la vas a romper- yo aquí estaré”. Agrades, sin duda agradeces.

Nunca subestimes la amistad. Es la aguja y el hilo que zurce las heridas causadas por el amor erótico (el de pareja). Nunca des por hecho que la amistad se basta a sí misma para ser, pues al igual que el amor requiere tiempo, cuidados y atención. De lo contrario, seguro habrá de diluirse.

En fin. Hablo por mi cuenta pero… ¿Qué sería de mí sin mis amigas, sin las múltiples mujeres que me han sostenido durante cada uno de mis procesos? Luego de un encuentro con ellas no tiendo a estar más cuerda pero sí menos triste y viniendo de mi parte es ya un gran avance (aunque jamás olvido a la que me enseñó que la locura compartida es también sabiduría).

He conocido al amor de muchas maneras. Al más leal le sigo llamando amistad, la forma más noble y desinteresada de dar.

Sobre El Autor

Flor Zavala tiene 26 años. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y el Diplomado en Creación Literaria por parte del INBA y CONACULTA. Durante los últimos años se ha enfocado en los talleres de escritura creativa y creación literaria para jóvenes y adultos, así como en el proyecto Palabritas: taller de escritura y fomento a la lectura para niños. Se ha desempeñado también como gestora cultural, promotora de lectura, correctora de lectura y conferencista en ciernes. Actualmente estudia el arte como forma de terapia y se encuentra en la gira publicitaria de su primer libro: De poemínimos y aflorismos para tardes lluviosas.

Artículos Relacionados