DE ROSAS Y TORMENTAS

Hablemos de Depresión: La Génesis

Hablemos de depresión…

No sé con exactitud cuándo empezó. No tengo memoria del día, la hora precisa o las palabras que fueron creadoras. Sin embargo, yace en mí el recuerdo de una niña muy pequeña escondida en un clóset. Gustaba de los libros, de la soledad, de mirar televisión con su madre, de usar vestidos con holanes, de comer barritas de chocolate y escribir diarios en los que narraba su infancia como lo más sorprendente que hubiese ocurrido alguna vez. Esa niña soy yo.

Recuerdo a una niña escondida en un clóset. Había en su pecho un inherente vacío que anidaba sin dar tregua. Y la niña lloró porque supo que la tristeza había llegado para quedarse. La niña lloró porque pensó en lo poco que importaba su ausencia. Lloró porque acarició el abandono quizá por vez primera. Lloró por placer.

La melancolía también echó raíces en mí durante aquella época. La niña que fui me sonríe como asintiendo por eso. Toma asiento en la terraza de mi abuelo, me dice que fueron tiempos mejores y yo nombro a la nostalgia como el sitio al que nos aferramos cuando el presente nos sabe mal.

“¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste así?” cuestionó un doctor ante cualquier posible síntoma de enfermedad. “No lo sé”, respondí. “Tal vez cuando era pequeña y me escondía en el clóset del último cuarto de mi primera casa”. Podría jurar que ese clóset tenía por dentro un pasador y yo lo echaba con tal de no ser encontrada. Ese diminuto acto era reflejo de mi hermetismo: aquí no entra nadie, de aquí nadie sale. Era también reflejo de mi incongruencia: por favor, alguien encuéntreme.

Luego de la charla con un médico viene siempre un diagnóstico. Tuve el mío, por supuesto. El primero de ellos (hace ya un par de años) fue inestabilidad emocional que después mutó a depresión. Por aquél entonces ignoraba que la depresión era sólo un síntoma de algo mucho mayor, era el preámbulo de lo que recién asomaba tras una rendija.

Pero tenía sólo 23 años, una licenciatura trunca, una relación rota con quien pensé el hombre de mi vida, un abuso sexual reciente y una madre que me esperaba para sanar mis múltiples heridas al llegar a casa. Tenía 23 años y debía enfrentarme a mí misma: era una mujer con depresión, una mujer deprimida. ¿Qué significaba serlo? Lo he ido descubriendo en el proceso.

Vivir con depresión crónica se parece mucho a librar una batalla que desde un principio sabes perdida. La depresión no siempre es sinónimo de miseria, menos aún de pereza o cobardía. Significa que la pesadumbre te condujo a la ceguera y apagaste tu luz. Significa que has soportado un peso mayor del que eres capaz de resistir y el quebranto se vino encima como una carga que derriba por completo.

No obstante, la depresión también es oportuna para tener una cita contigo misma, para tomar distancia y mirar las cosas de cerca, para volver a casa. La depresión es una oportunidad para echar lo que no sirve y dar por fin un primer paso: vuelves a empezar. Y esta vez, empiezas contigo.

Camus lo escribió mejor: “En lo más profundo del invierno comprendí que en mi interior habitaba un verano invencible”. Bienvenida sea la primavera: se como la flor que crece en medio de la adversidad. Que lo tuyo sea resiliencia, que descubras tu capacidad para sanar.

He encontrado un álbum de viejas fotografías. Hay una niña de 3 años que despierta con el cabello alborotado, un pijama desteñido, las sábanas revueltas y la sonrisa muy puesta. Hay una niña pequeña sonriéndole a la vida, aferrándose a ella, haciendo las paces con cualquiera.

Y esa niña, también soy yo.

You Might Also Like

Previous Story
Next Story