Al principio será como una ligera molestia a la que le restas importancia y dejas para después. Piensas, por supuesto, que va a pasar. Como aquel día, hace ya dos años, en que tal vez sentiste un pequeñísimo dolor en la muela y culpaste por ello a cualquier otra cosa excepto a una infección que habría de echar raíces en tu boca.

Una mañana cualquiera te levantas sintiendo que no es tu día, ni tu mes, ni tu año y las cosas sencillamente no van. Lo atribuyes al clima, a tu menstruación, a las hormonas, a un novio que no llama o a la falta de pareja… pero resulta que esa noche te vas a la cama sintiéndote igual. Conformen pasa el tiempo las cosas no mejoran y dentro tuyo se empieza a asomar una tristeza que te pide la invites a pasar y le hagas espacio para una habitación entera con vista a una época que no llegará, reclama. Y sin más le entregas las llaves de una puerta que se abre ante ella.

Los días se acumulan. Tienes ropa sin lavar, la pila de trastes sucios, tu cuerpo tendido mirando el techo o andando en plena calle por mera inercia. Entonces algunas personas empezarán a preguntarte qué es lo que pasa y quizá tú sigas respondiendo con un sencillo “Nada”. Tal vez haya quien se atreva a soltar un “¿Cómo estás?” y por mera cordialidad vas a contestar que “Bien” porque no hay quien se quede a escuchar una larga respuesta.

Cuando a ti misma te preguntes una y otra vez qué es lo que pasa, existe la posibilidad de que no sepas, no haya respuesta, no haya un eco que devuelva tu voz y te diré un secreto: puede ser la química cerebral. No te asustes, no siempre hay respuestas lógicas ante lo evidente.

Si el tiempo avanza y la tristeza comienza a dejar huellas profundas en ti, vendrá la época de distanciarte y es la más peligrosa, en realidad. Vas a alejarte de tu familia, vas a estrellarle la puerta a tus amigos, perderás el empleo, te perderás a ti misma en el encierro sin entender que ellos no se fueron y eres tú quien ha echado el seguro por dentro.

La depresión te habita ahora y cavará hondo en ti. Te darás cuenta que el dolor no te cambia, te revela. El dolor vicia tu perspectiva y te aleja de ti misma hasta tal punto en que al verte al espejo no logras reconocer a la mujer que fuiste. Piensas que has caído bajo, muy bajo, que no puedes haberte convertido en esos kilos de más (o de menos), en esas surcos bajo los ojos, en esa forma en que no miras a cualquiera a los ojos porque entonces cualquiera se daría cuenta de lo triste que estás. La depresión se parece a un cáncer mental y ojalá en tu caso no llegue también la señorita ansiedad.

El martes es igual al jueves, igual que el viernes, igual que un domingo, te dices. Es aquí cuando todos notarán con certeza que algo pasa aunque lo niegues e intentes disimularlo con una sonrisa a medias. Y si te preguntabas si existe algo más bajo que sentir dolor, la respuesta es sencilla: no sentir. Cuando la apatía llama a la puerta puede incendiar la casa entera de la tristeza. Siempre será preferible sentir que mueres por algo o por alguien a no sentir en lo absoluto.

Te encuentras tendida en cama, el ruido del televisor lo inunda todo, el celular que no suena y la felicidad de otros te es sumamente ajena. Piensas lo peor de ti, eres el fracaso estelar, rememoras lo que no has logrado y te conviertes en ese cáncer mental que te está consumiendo y va a consumarse si no te levantas de nuevo. Es aquí cuando el hartazgo hará acto de presencia y sabrás que es hora de pedir ayuda a quienes amas, a quienes ya no te aman, piensas. Es aquí cuando vas a pedir una mano. La muerte te coquetea de forma elegante y sutil.

Detente. ¿Recuerdas el dolor de muelas que comenzó dos años atrás? Ahora es una infección tan fuerte que hará falta hospitalizarte por ello. Así es la depresión cuando te descuidas e invade cada resquicio de tu mente y de tu cuerpo. No se verá desde afuera pero sé cuánto te está matando por dentro.

Aquí necesitas encontrar una forma de atarte a la vida, enlista en tu mente las razones para salir de la cama y continuar andando. Si encuentras el por qué, te juro que el cómo llegará por añadidura y un “por ti misma” también cuenta. Se vale que seas tu razón (y no tus hijos, no  tu trabajo, no tu pareja, no un sueño, sino tú como mujer) para echar fuera la tristeza.

Debes tener cuidado con la tristeza, se puede convertir en un vicio cuando no te das cuenta, dijo ya Flaubert. Y es que se transforma en un lugar cómodo cuando es lo único que conoces durante un largo tiempo.

Date una oportunidad de vida, toma tu mano y sujétate fuerte a ella. Eres una persona entre 322 millones que al año sufren de depresión, 788 mil van a perder la batalla. Por favor, no seas tú una de ellas. Quédate aquí, afiánzate a la vida. Vuelve a pensar que un ser como tú no volverá a pisar jamás la Tierra, poco importan los pesares y defectos que lleves a cuestas. Recuerda que tus imperfecciones te hacen bella.

Un psiquiatra podría diagnosticarte depresión y te dará tratamiento para ello. Un terapeuta dirá lo mismo, hablarán sobre tu niñez, tus padres, tu familia pero te diré qué: no hay mejor antidepresivo que los brazos de la gente a quien amas, no hay mejor terapia que reír con ellos. Aférrate a la gente de tu vida.

El año anterior tuve un accidente automovilístico que me dejó 3 meses en cama, perdí vida (tenía dos meses de embarazo), fui diagnosticada con Lupus y también en el mismo año me diagnosticaron (luego de ires y venires en terapia y psiquiatría) Trastorno Límite de Personalidad y Trastorno Bipolar. Suena terrible, ¿no es así? Pero resulta que en ese mismo año me comprometí con el amor de mi vida y recién publiqué mi primer libro. He vivido para contarla y para decirte que aunque sé lo mucho que cuesta, es perfectamente posible llevar una vida plena.

De eso hablaré en mi siguiente artículo.

 

Sobre El Autor

Flor Zavala tiene 26 años. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y el Diplomado en Creación Literaria por parte del INBA y CONACULTA. Durante los últimos años se ha enfocado en los talleres de escritura creativa y creación literaria para jóvenes y adultos, así como en el proyecto Palabritas: taller de escritura y fomento a la lectura para niños. Se ha desempeñado también como gestora cultural, promotora de lectura, correctora de lectura y conferencista en ciernes. Actualmente estudia el arte como forma de terapia y se encuentra en la gira publicitaria de su primer libro: De poemínimos y aflorismos para tardes lluviosas.

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